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¡Eh! Yatel, tomate otra ginebrita, paisano

Aprendí, de muy chico, a respetar al alcohol. Me gusta acompañar la cena con una copa de vino. Pero es muy raro que me exceda. De las otras bebidas, por ahí, una medida de wiski, puedo beber. No hay espectáculo más grotesco y triste que ver a un ser humano emborrachado.  

—¡Eh! Yatel, tomate otra ginebrita, paisano —dice el cantor de la Patagonia en una de sus composiciones más famosas. La frase resuena en mi cabeza. Tenía once años cuando tomé ginebra y probé el amargo gusto de una borrachera.

En mi casa, en un mueble grande que teníamos en el comedor, mi madre guardaba anís, ginebra y un licor de menta que, no sé si por su color o por su aroma, a mí me llamaba mucho la atención. De todas las bebidas, esta era la que más me intrigaba. Pero nunca me había animado a probar.

En cambio, en la casa de mi amigo Hernán, nunca faltaba el vino. A veces podía faltar el pan para acompañar la magra sopa que su madre preparaba, pero la jarra con vino no. El padre de Hernán, como en una ceremonia eucarística, solía servirse medio vaso que completaba con soda, se lo tomaba de un trago y recién ahí podían empezar a comer.

Lo que a mí me interesaba de las bebidas eran los aromas, los colores, las formas de las botellas y divertirme con las payasadas que hacía mi tío cuando se pasaba de copas.

Hernán era distinto. Creo que él odiaba el vino. O mejor dicho lo que el vino hacía sobre su padre, o lo que su padre era capaz de hacer cuando tomaba.

Ese día salimos de la escuela y nos vinimos caminado juntos las ocho cuadras que nos separaban del barrio. Yo solía llegar y quedarme solo hasta las tres de la tarde esperando que mi madre volviera del trabajo. A Hernán, en cambio, su madre lo esperaba siempre con el almuerzo listo, solo debía caminar un par de cuadra más y ya estaba con su familia.

—No querés pasar un rato a casa —le dije—, así te devuelvo la revista que me prestaste.

—Bueno —aceptó y se quedó parado al lado mío esperando que abriera la puerta.

Nuestra casa no era grande. En la sala, mi madre había colocado un viejo sillón que heredó de mi abuelo, una mesa que usábamos para todo y un aparador, con puertas de vidrio, que le trajo un tipo con el que anduvo un par de años. 

Cuando entramos yo pasé derecho al baño. Al salir lo vi a Hernán parado frente al aparador, como pasando revista a todas las botellas que mi madre tenía prolijamente ordenadas en cada vitrina. Tenía dibujada una sonrisa como una mueca de asombro o satisfacción.

—¿Esto toma tu mamá?

—-Si, a veces —respondí, medio sonrojado, como si su pregunta me hubiera incomodado.

—¿Y vos, también tomás?

—De esas que vez ahí, no —aclaré—, mi madre se daría cuenta enseguida y se molestaría mucho.

—A mí me gustaría probar de esta —dijo y agarró la botella de ginebra—. Con este vidrio marrón es muy difícil que alguien se dé cuenta si falta un poco.

Estaba pensando en decirle que no, que en cualquier momento mi madre podía llegar, que esas bebidas eran muy fuertes, pero no alcancé a esbozar nada y la botella ya estaba sobre la mesa. La destapó, pasó su nariz por el pico olfateando el aroma como si fuera un eximio catador, tomó un trago y me pasó la botella.

No recuerdo cuanto tomamos, tal vez hayan sido dos, tres o cuatro tragos. Lo que si recuerdo es que, en medio de una inconciencia total, sentí como si la casa se moviera toda, como cuando el avión agarra uno de eso pozos de aire y parece que toda tu humanidad va a salir por la garganta. No sé de dónde saqué fuerzas y me arrastré hasta el baño. Ahí me encontré con Hernán, de rodillas, agarrado con sus dos manos del inodoro, haciendo unas arcadas demoniacas que potenciaron mis nauseas. Traté de contenerme, de aguantar un poco, pero no pude. No sé si fue la atmosfera rancia, la cara babosa de Hernán o esa mezcla amarillenta de deshechos que flotaba dentro del inodoro, pero no aguanté más, apoyé mis rodillas en el piso y me dejé ir.

Nunca más volví a beber ginebra. Cuando escucho la canción y pienso en Yatel, pienso también en cómo, los pueblos originarios, fueron trocando su vida por el alcohol del colonizador.

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