Llevaban ocho años de casados. Laura nació una madrugada de noviembre. A pesar de las insistentes propuestas del obstetra, no hubo cesárea. Si voy a ser madre, necesito saber lo que es parir, decía su esposa, ante cualquier insinuación de programar una cirugía para facilitar el parto. Sentado frente al ecodoppler, él se limitaba a asentir todo lo que le decían, como si entendiera algo. Mire como mueve la cabecita, esas son las piernas, ahora parece que saludara, va a ser una niña hermosa. Todos comentarios que su esposa disfrutaba, pero que a él no le resultaban significativos. Estaba ahí, casi se podría decir por protocolo. Vivía cansado. Su mujer dejó de ir al estudio contable al tercer mes de embarazo y él tenía que cargar con todo. No era fácil mantener a los clientes conformes. No había plata que alcance. La decisión de armar el estudio propio, nunca lo había terminado de convencer. Pero su mujer insistió tanto que no le dejó alternativa. Después vino la noticia del embarazo. La felicidad de su esposa era tan desbordante, que se dejó contagiar y pudo –no son esfuerzo- disimular su sorpresa. No era algo que estuviera planeado. En los dos meses de casados, nunca había conversado con ella sobre tener hijos. Equivocado, él suponía que se cuidaba. Pasaron muchas noches y él nunca se decidió a preguntarle por las tabletas de pastillas anticonceptivas que ella siempre dejaba sobre la mesita de luz.
Se levantó con pocas ganas. Escupió el primer mate, aunque siempre acostumbraba a tomarlo. El gusto amargo del agua -demasiada caliente- se le quedó dando vueltas en la boca y para eso había un solo remedio, otro mate. Ahora si podía decir que estaba despierto. La imagen de su madre colgaba en un cuadro sobre una pared toda amarillenta. La miró y no dijo nada. Acostumbraba a conversar con ella mientras mateaba. A contarle sus planes entre los que siempre aparecía la idea de algún día volver a verla. Imaginaba que bajaba del mismo tren en el que un día partió y que ella lo esperaba con los brazos abiertos y con una sonrisa igual a la foto. Para vos no pasan los años mamá le decía y ella sonreía. Pero hoy no tenia ganas de hablar. Tal vez sería la lluvia a la que nunca se terminó de acostumbrar o los mates cebados demasiados calientes que les refregaban el paladar. Se vio –una vez más- bajando del tren que lo trajo desde su provincia, directo a trabajar en la reparación de vías. Esas mi...
Pues eso le pasa al hombrito por "suponer" en lugar de interesarse ¿No?
ResponderBorrarbesills!!!
No tiene la menor idea de lo que se pierde. La apertura a la vida es lo esencial. Buen relato. Muchos saludos.
ResponderBorrarY es que en algunos aspectos de la vida ( iba a poner en todos, pero igual suena demasiado pretencioso) las mujeres vamos a años luz por delante de los hombres...
ResponderBorrarBeso.
hablarían de muchas cosas esa pareja, pero parece que algunas de las más importantes las dejaban de lado
ResponderBorrarde suposiciones está el mundo lleno
y de falta de comunicación más
Las suposiciones nunca fueron buenas! Mejor comunicarse... besos!
ResponderBorrarCuando falla la comunicación, falla el sentido común.
ResponderBorrarBuen relato. Besotes