Cuando le ofrecieron la suplencia en la Facultad de Ciencias Económicas, primero pensó en decir que no. Nunca se interesó en la enseñanza. El que sabe, sabe y el que no enseña, repetía, casi como una muletilla, cada vez que le preguntaban porque no daba clases. Sus notas -siempre destacadas- su buena relación con el decano y el respeto que el apellido de su padre imponía en el medio, eran toda una carta de presentación. Pero no, no se veía frente a una clase impartiendo conocimientos contables. Se sentía muy cómodo trabajando en el estudio de su padre y nadie discutía que con el tiempo todo iba a quedar bajo su mando. Me lo pidió de favor el decano y es solo por tres meses, se justificó cuando tuvo que explicar, que ese día, se retiraba más temprano de la oficina. El Contador Bardacci va a tomar por estos meses la cátedra de Finanzas de Empresas, es un profesional recibido en esta casa con todos los honores, así que descuento que todos van a saber sacarle provecho, dijo el Decano y lo dejo frente a una docena de jóvenes alumnos. Ella lo miraba con especial atención, con la mano sobre el mentón y los anteojos casi sobre la punta de su nariz y esos ojos que no solo miraban sino que se dejaban ver. Alguna consulta sobre el tema preguntó y ella como si lo hubiera estado esperando, levanto la mano y con una voz suave pero muy firme se dejó escuchar; yo profesor. Contador señorita, aclaró él y sintió una turbulencia hormonal que atormentaba su cuerpo.
Se levantó con pocas ganas. Escupió el primer mate, aunque siempre acostumbraba a tomarlo. El gusto amargo del agua -demasiada caliente- se le quedó dando vueltas en la boca y para eso había un solo remedio, otro mate. Ahora si podía decir que estaba despierto. La imagen de su madre colgaba en un cuadro sobre una pared toda amarillenta. La miró y no dijo nada. Acostumbraba a conversar con ella mientras mateaba. A contarle sus planes entre los que siempre aparecía la idea de algún día volver a verla. Imaginaba que bajaba del mismo tren en el que un día partió y que ella lo esperaba con los brazos abiertos y con una sonrisa igual a la foto. Para vos no pasan los años mamá le decía y ella sonreía. Pero hoy no tenia ganas de hablar. Tal vez sería la lluvia a la que nunca se terminó de acostumbrar o los mates cebados demasiados calientes que les refregaban el paladar. Se vio –una vez más- bajando del tren que lo trajo desde su provincia, directo a trabajar en la reparación de vías. Esas mi...
ese cielo es pura turbulencia, como las hormonas del profesor
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¿cómo las hormonas de la alumna también?
Alberto!!! bienvenido a mi blog!! te espero alli siempre que puedas y aqui estare tambien!! me guto tu blog!
ResponderBorrarbesos
mmm...atracción profesor-alumna, me gusta!
ResponderBorrar:)
¡Hummm! Atracción fatal...
ResponderBorrarUn abrazo!!
Nadie está a salvo de las turbulencias hormonales.
ResponderBorrarUn abrazo
Evidentemente, las hormonas atormentan a todos!!
ResponderBorrarNadie puede escaparrrrrr!!!
Saludos!
Desequilibrios hormonales en la facultad de ciencias económicas… parece una imagen surrealista.
ResponderBorrarPero sucede.
Saludos.
Visite: www.lengua-libre.blogspot.com
Filosofía, letras y otros males menores.
una buena combinacion!!
ResponderBorrarGracias por la visita y el comentario,,,
ResponderBorrar¡¡¡Qué bueno es Giecco!!!
Desde 14.000 kilómetros...
Dos abrazos
Nadie está libre..........saludos
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