Amar es una decisión. Parece una afirmación y en parte lo es, pero lo escribo desde la interrogación. Desde la idea de que el amor enceguece, anula y nos vuelve un poco irracionales. De chico, crecí en la idea del amor a Dios, que nos exigía fidelidad a sus preceptos. Un amor, si se quiere, un poco perverso, que nos amenazaba con castigos inconfesables para los que nos dejáramos tentar por los deseos terrenales. Después vino el amor a la patria y a la bandera, amor loco si lo habrá. Juráis defenderla hasta perder la vida y algunos miles de mi generación, la perdieron. Pasé parte de mi infancia y de mi adolescencia con esa idea de amor. Lo demás era sacrilegio. Tal vez sea por eso que nos acostumbramos a ocultar nuestros deseos, a disfrutar a escondidas, a dejarnos invadir por la culpa cuando nuestra imaginación nos proponía ir más allá de lo convencional.
Cansado de juntar retazos de sueños, en un rompecabezas imposible de armar, me dispuse a dormir de otra manera. Si, voy a dormir para soñar y recordar todo, me dije. Terminé la lectura de La Insoportable levedad del ser , de Milan Kundera , un libro que te quita el sueño y me dispuse a descansar. Soy de dormir corrido, pero a medianoche desperté. Lo primero que hice fue pensar en lo que había soñado y no recordaba nada. No puede ser. Siempre soñamos algo. “No es tan fácil soñar como un todo, los sueños son fragmentos por naturaleza. Si te propones soñar como un todo terminas soñando nada. Porque solo la realidad puede ser percibida como un todo. O sueñas o vives tu realidad.” Mientras dormitaba, la voz insistía en darme este mensaje. Ahora dudo si realmente estuve despierto.
Parece que a más de uno se nos dio por hablar de amor. Por suerte yo, algún día me di cuenta, y ahora lucho por no esconder mis deseos ni amar a nadie ni a nada de una forma que no me sea natural. A veces fracaso, claro. Saludos.
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