Como todos los años el primero en florecer es el ciruelo. Tiene esa virtud, la de anticiparse a la primavera. Más nunca hemos podido disfrutar de sus frutos. Ya sea por que el viento de los meses venideros castiga duramente a sus flores o porque los pájaros se aprovechan de su intemperie para devorarse sus incipientes frutos. Si uno lo mira a la distancia causa buena impresión y hasta puede convencer de que el próximo invierno va a terminar alimentando algunos frascos de dulce. Pero no. Parece que su existencia no necesita devenir en frutos. Por si acaso, el zorzal patagónico, ya se reservó un lugar cerca de él.
Se levantó con pocas ganas. Escupió el primer mate, aunque siempre acostumbraba a tomarlo. El gusto amargo del agua -demasiada caliente- se le quedó dando vueltas en la boca y para eso había un solo remedio, otro mate. Ahora si podía decir que estaba despierto. La imagen de su madre colgaba en un cuadro sobre una pared toda amarillenta. La miró y no dijo nada. Acostumbraba a conversar con ella mientras mateaba. A contarle sus planes entre los que siempre aparecía la idea de algún día volver a verla. Imaginaba que bajaba del mismo tren en el que un día partió y que ella lo esperaba con los brazos abiertos y con una sonrisa igual a la foto. Para vos no pasan los años mamá le decía y ella sonreía. Pero hoy no tenia ganas de hablar. Tal vez sería la lluvia a la que nunca se terminó de acostumbrar o los mates cebados demasiados calientes que les refregaban el paladar. Se vio –una vez más- bajando del tren que lo trajo desde su provincia, directo a trabajar en la reparación de vías. Esas mi...
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