Cuando salgo de casa la veo. Está parada en uno de los postes del alambrado vecino. Me acerco lentamente y tomo la primera foto. Sigo caminando, ya estoy a no más de seis metros, la puedo apreciar plenamente. Estoy pagado digo. Ahora activo el video y sigo acercándome. Levanto los ojos por encima de la cámara y me sorprendo. Está mirándome. Los cuatro metros que nos separan parecen menos. Me detengo. La idea de que se iba a volar, desaparece de mi cabeza. Su pose desafiante logra incomodarme. Recuerdo que se trata de un ave rapaz y el entusiasmo por fotografiarla es remplazado por el temor a ser atacado. Mientras saboreo la emoción de este encuentro cercano con la naturaleza, retrocedo suavemente y ella sigue inmutable. Ya en mi casa, la miro por la ventana y pienso que el temor ha sido todo producto de mi imaginación.
Se levantó con pocas ganas. Escupió el primer mate, aunque siempre acostumbraba a tomarlo. El gusto amargo del agua -demasiada caliente- se le quedó dando vueltas en la boca y para eso había un solo remedio, otro mate. Ahora si podía decir que estaba despierto. La imagen de su madre colgaba en un cuadro sobre una pared toda amarillenta. La miró y no dijo nada. Acostumbraba a conversar con ella mientras mateaba. A contarle sus planes entre los que siempre aparecía la idea de algún día volver a verla. Imaginaba que bajaba del mismo tren en el que un día partió y que ella lo esperaba con los brazos abiertos y con una sonrisa igual a la foto. Para vos no pasan los años mamá le decía y ella sonreía. Pero hoy no tenia ganas de hablar. Tal vez sería la lluvia a la que nunca se terminó de acostumbrar o los mates cebados demasiados calientes que les refregaban el paladar. Se vio –una vez más- bajando del tren que lo trajo desde su provincia, directo a trabajar en la reparación de vías. Esas mi...
estupendo encuentro... La naturaleza raras veces nos ataca. Si ella pudiera hablar no diría lo mismo...
ResponderBorrarSaludos.