En verano, cuando los deshielos se acrecientan, el lago crece y desborda hacia la bahía -que permanece hasta ese momento prácticamente seca- para cubrirla lentamente con sus aguas. Para este tiempo la mayor parte de las aves que anidan en la zona ya habrán empollado a sus crías. Así se va conformando un espectáculo compartido por teros, cauquenes, bandurrias, cisnes, coscorobas, patos, flamencos y otras tantas especies que disfrutan de esta guardería que la naturaleza les ofrece generosamente. La bahía, también tiene el status de reserva municipal, pero solo en los papeles, porque no se ven muchas acciones publicas que la resguarden, no solo de los perros que alguna incursión puede hacer un verdadero desastre entre los poyuelos recién nacidos, sino de los desaprensivos “seres humanos” que con sus motos o cuatriciclos, ingresan cuando el agua aun no sube y en una recorrida, destruyen mas de un nido con sus huevos recién puestos. Es cuestión de tiempo me dice un amigo, antes a la laguna Nimez la usábamos para calibrar las carabinas cazando patos, hasta que algún visitante extranjero, sorprendido por nuestra conducta, nos explicaba, no siempre de buena forma, que lo que teníamos era un recurso espectacular, tanto o mas que los glaciares y que en el mundo cada vez hay mas gente dispuesta a poner plata para proteger su hábitat natural.
Se levantó con pocas ganas. Escupió el primer mate, aunque siempre acostumbraba a tomarlo. El gusto amargo del agua -demasiada caliente- se le quedó dando vueltas en la boca y para eso había un solo remedio, otro mate. Ahora si podía decir que estaba despierto. La imagen de su madre colgaba en un cuadro sobre una pared toda amarillenta. La miró y no dijo nada. Acostumbraba a conversar con ella mientras mateaba. A contarle sus planes entre los que siempre aparecía la idea de algún día volver a verla. Imaginaba que bajaba del mismo tren en el que un día partió y que ella lo esperaba con los brazos abiertos y con una sonrisa igual a la foto. Para vos no pasan los años mamá le decía y ella sonreía. Pero hoy no tenia ganas de hablar. Tal vez sería la lluvia a la que nunca se terminó de acostumbrar o los mates cebados demasiados calientes que les refregaban el paladar. Se vio –una vez más- bajando del tren que lo trajo desde su provincia, directo a trabajar en la reparación de vías. Esas mi...
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