Para septiembre, cuando atempera un poco el frió, el hielo desaparece y el lago que a perdido nivel, se lleva de a poco el agua de la bahia, ayudado por los vientos que en esa época suelen soplar con mayor intensidad y la transforman en un espacio árido, cuyo único síntoma de vida lo conforman los remolinos de tierra y las plantas con abrojos que se adhieren a uno al menor roce. Este es el tiempo también en el que retornan las aves, como los cauquenes, luego de haber recorrido miles de kilómetros hacia el norte escapándole al frío, como lo hacen también, muchos de los que trabajan en el turismo, para incorporarse a la actividad. El lugar adquiere con la presencia de las más variadas aves, un clima de fiesta, propio del apareamiento, en el que los machos se disputan la posesión de las hembras, despertando con sus sonidos la vida y dejando atrás la calma que el invierno le impone a este mágico lugar. Los pequeños matorrales y algún pajonal, sirven de refugio para que las aves construyan con paciencia sus nidos, en donde las hembras depositan sus huevos. No van a pasar muchas semanas en lo que uno ya puede encontrarse con las bandadas de teritos corriendo detrás de su madre y los machos que se enfrentan sin temor alguno a las aves rapaces, como el gavilán ceniciento, que suele merodear por la zona. Disfruto mucho de ver a los pichones de cisnes paseando arriba de su madre, que de vez en cuando, de una sacudida los tiran al agua para que aprendan a nadar o a los flamencos que cuando son pichones parecen un plumero sucio y a los pocos meses deslumbras con sus colores rosados.
Se levantó con pocas ganas. Escupió el primer mate, aunque siempre acostumbraba a tomarlo. El gusto amargo del agua -demasiada caliente- se le quedó dando vueltas en la boca y para eso había un solo remedio, otro mate. Ahora si podía decir que estaba despierto. La imagen de su madre colgaba en un cuadro sobre una pared toda amarillenta. La miró y no dijo nada. Acostumbraba a conversar con ella mientras mateaba. A contarle sus planes entre los que siempre aparecía la idea de algún día volver a verla. Imaginaba que bajaba del mismo tren en el que un día partió y que ella lo esperaba con los brazos abiertos y con una sonrisa igual a la foto. Para vos no pasan los años mamá le decía y ella sonreía. Pero hoy no tenia ganas de hablar. Tal vez sería la lluvia a la que nunca se terminó de acostumbrar o los mates cebados demasiados calientes que les refregaban el paladar. Se vio –una vez más- bajando del tren que lo trajo desde su provincia, directo a trabajar en la reparación de vías. Esas mi...
una descripción sublime del lugar y dle tiempo...
ResponderBorrar