Es temprano. En la posada nos registran y decidimos aprovechar la mañana. Seguimos hacia el Lago del desierto. Nuestra primera parada es para apreciar el Chorrillo del salto. Un cascada que despliega toda su magia y encanto en medio del bosque. Subo por un sendero y me ubico a un costado. Se respira emoción. Una brisa me envuelve y va de a poco como transportándome a otra dimensión. Me dejo llevar por la sensación. El sonido de las cascadas y el que hacen las olas del mar cuando se deslizan entre las piedras son los que mi oído registra como más placenteros, podría pasar horas en esta situación.
Las infaltables gaviotas alborotaban el cielo plomizo sobre un montículo de basura recién depositada por un camión volcador amarillo. Allí, naturalmente, merodeaba el suizo. Y le gustaba robar; pero sus “colegas” del basural no soportaban, aunque al final debían hacerlo, esa costumbre. La ley no escrita era compartir la basura, compartir los espacios. Pero no robarse entre ellos. – El basural del frío Héctor Rodolfo Peña
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