Dulce companía

Padre cielo XVII

No ha sido fácil levantarse. Las tapas de entrada y el guiso de lenteja rociado con un malbec hicieron lo suyo para que mi sueño tuviera una profundidad que no le conocía. Desayunamos y nos preparamos para regresar. Antes damos una vuelta y nos encontramos con esta hermosa construcción que oficia de templo de Dios. El Dios del colonizador, que ha decretado por los siglos de los siglos la vigencia de este espacio como el lugar en donde lo espiritual puede trascender. El templo artificial a los pies del templo natural. Pienso en todo lo que el hombre a destruido para imponer a su Dios y en lo noble y generosa que se nos ofrece la madre naturaleza como santuario para que nos demos una oportunidad de encontrarnos con nosotros mismos. Levanto mis ojos hacia la montaña y agradezco, no de rodillas, de pie, este ritual me quiere caminando.

Padre cielo XVI

El regreso es una nueva experiencia. La adrenalina ha acelerado todos mis pensamientos- Siento el peso del cansancio en mi cuerpo pero la emoción es más fuerte y por momentos siento como si mi alma se adelantara, se anticipara en el sendero y por momentos jugara a quedarse en el bosque. Cuando presiento la distancia, la soledad y el desamparo de mi cuerpo, ella vuelve y él todo recobra los sentidos. Sobre la ladera de una montaña, cuando ya nos queda poco para llegar a El Chaltén, podemos apreciar los nidos de cóndores. Los vemos planear, como si el registro de nuestra presencia los obligara a hacer un reconocimiento del terreno. Ellos si saben del valor de la montaña. Morada natural para el rey de las alturas. Los veo planear y siento un poco de envidia.




Padre cielo XV

Los últimos veinte metros de desnivel son prácticamente verticales. No hay mucho de que agarrarse. Puede que logre subir, pero el descenso –al no contar con bastones- puede resultar muy riesgoso. Los pensamientos luchan por imponerle al momento una cuota de racionalidad. Pero no es lo que necesito en este momento. Acepto mi circunstancial imposibilidad y dispongo a disfrutar lo logrado, no con resignación, sino con la tranquilidad de haberlo intentado, con la esperanza y la certeza de que habrá una nueva oportunidad, que la madre roca continuará hasta el fin de los tiempos alumbrando el camino de los silencios.

Padre cielo XIV

A mi izquierda, un catedral natural se deja ver. Me impactan sus formas, sus colores y la proximidad a ella. Los pasos ahora son más lentos y me detengo en tramos más cortos. Madre roca, padre cielo, hermano de mi vigilia quiero ser cerro, para ganarte en alturas de piedra eterna, quedando siempre de pie sobre la tierra, dice el poeta de la patagonia en la última estrofa de Chaltén y su melodía me envuelve para darle a este momento un carácter casi místico.

Padre cielo XIII

La senda es solo piedra. Algunas son aprovechadas para armar escalones. Unas estacas van demarcando el camino para no perderse. Algo me dice que los pensamientos me han abandonado de nuevo. La montaña me tiene a su merced. Presiento que en pocas horas cuando vuelva a tener los pies sobre la tierra, voy a decir. Si lo hubiera pensado no lo hago. Deben faltar no más de doscientos metros. ¿Creo que voy a llegar o es solo un síntoma más de que he perdido el control sobre mi? No se, solo se que mis piernas continúan ascendiendo.

Padre cielo XII

Se me fue el cansancio. Solo en mi respiración que comienza ser más profunda percibo el esfuerzo. Somos varios los que estamos detrás del mismo objetivo. La nieve continúa cayendo tenuemente y uno rayos de sol que se dejan ver tímidamente, me dan la esperanza de que las cosas no se vayan a complicar más. Me cruzo con un grupo que ya está descendiendo. Hola, hola, hola, de nuevo el mismo ritual que a esta altura percibo como un mantra. Los rostros dejan traslucir la emoción. Algunos me alientan a seguir moviendo su mano con el pulgar en alto.

Padre cielo XI

Levanto la vista y puedo divisar al borde de la ladera, en lo más alto, un caminante que gira su cuerpo y levanta sus brazos, seguramente festejando el haber llegado y yo interpreto ese gesto como un llamado, como una señal de largada o tal vez como un desafío a mi voluntad que amenaza con terminar doblegada. Inicio la marcha.

Padre cielo X

Llegamos al campamento y un cartel nos indica que faltan solo quinientos metros para llegar a la meta, a partir de ahora, nuestra suerte está echada. Llevamos casi cuatro horas caminando. La jornada ha estado cargada de una plenitud como muy pocas veces me ha tocado experimentar, pero las metas suelen ser así, nos definen en nuestras posibilidades y siempre he creído que uno solo tiene oportunidad de crecer, de escaparle a la mediocridad solo si se propone alcanzar metas que para el sentido común suenan a imposibles.

Padre cielo IX

Ya estamos mas cerca, solo nos queda cruzar ese último tramo de bosque y pararnos al pie de esa muralla natural para evaluar que hacemos. Está siempre presente la idea de que nosotros decidimos cuando parar. Hemos llegado hasta aquí porque así lo hemos querido. Nadie nos puede obligar a seguir si decidimos lo contrario. El último tramo es el que resulta más atractivo, pero a la vez es el de mayor dificultad. Desde allí el sendero sigue en pendiente ascendente de unos cuatrocientos metros de desnivel hasta la Laguna de los tres.

Padre cielo VIII

A los pocos minutos, dejamos el bosque y nos encontramos con el Río Blanco. Un chorillo de agua se deja caer entre las piedras blancas que predominan en su caudal. El pequeño puente improvisado se ve tan vulnerable ante la amplitud que muestra el cauce. Imagino por momentos todo un torrente de agua desbordando desde la montaña como un gigante dormido que despierta de una pesadilla y nos deja escuchar su bramido. Que nos hace saber que aún está vivo. Que todo lo pasado hasta aquí, fue tan solo una pesadilla, que no hay calentamiento global o efecto invernadero que pueda condenarlo a desaparecer.

Padre cielo VII

Poincenot alberga varias carpas. Algunos de los visitantes improvisan un picnic entre los troncos. Los imitamos y hacemos una pausa para consumir nuestra vianda. Nuestra cabeza se enfría y los pensamientos vuelven a ocupar su lugar. Es suficiente, hasta acá llegamos, tienes que tener en cuenta la horas que te llevará el regreso. Por frente nuestro, mientras conversamos sobre que hacer, pasan dos personas mayores que nosotros. No hacen pausa, no consumen su vianda, siguen como hipnotizados hacia la montaña. Nos miramos y medio como coro nos decimos: sigamos, hasta donde lleguemos.

Padre cielo VI

Nuestro andar empieza a cambiar. El ritmo ahora lo impone la naturaleza. Los arroyos que el tenue deshielo alimenta son atravesados por troncos que juegan a ser puentes y que le aportan al transitar la cuota de vértigo que los que estamos acostumbrados al terreno firme sentimos al caminarlo. Y otra vez la misma sensación. La mente que se deja correr como un velo que cede frente a la urgencia de esa energía -que muchos llaman alma- y que en este escenario natural parece querer manifestarse.

Padre cielo V

A no desviarse del sendero Madre e Hija, parece ser la consigna y a uno se le disparan todo clase de especulaciones ¿Que habrá en este trayecto al que han denominado con tanta carga emotiva? ¿Cuantas hijas se habrán sentido interpeladas por esto que no llega a ser una consigna pero que está como latente en la antesala del paraíso?  ¿Habrá en el trayecto un sendero hija que decide ser solo sendero hija?

Padre cielo IV

En el trayecto, a medida que avanzamos, comenzamos a encontrarnos con otros caminantes. Hola…Hola…Hola…, es el único intercambio verbal, que nos señala de alguna forma que todos estamos en la misma. Que los distintos orígenes, edades y posibilidades no han sido impedimento para que confluyamos hoy aquí. Que la Madre Roca y el Padre Cielo no entienden –por suerte- de las formas artificiales en las que el hombre a fragmentado el mundo.



Padre cielo III

Llegamos a la Laguna Capri. Hacemos una pausa, para contemplar el escenario. Una ligera brisa nos abraza y provoca en ella un tenue oleaje. Las condiciones climáticas no parecen querer cambiar, todo lo contrario, el andar tiende a dificultarse. Sabemos que el trayecto que nos queda hasta el Campamento Poincenot no tiene tanta pendiente y decidimos continuar.

Padre cielo II

Lo que demora mi marcha, no es el ascenso, son las formas que el bosque nos ofrece. Hay en su interior posturas que –quizás- solo los caprichos de la naturaleza puedan explicar. Percibo gestos a las que no quiero darles el carácter de casuales. Me siento bienvenido a este territorio -en los que se ha trazado un sendero- que me invita a refugiarme en él.

Padre cielo

El descanso ha sido reparador. El desayuno acorde par afrontar una jornada intensa. Al margen de ello vamos a preparar una vianda, para no exigirnos en las diez horas de caminata que nos esperan. Asomo por la ventana y veo caer copos de nieve que flotan en el aire como ceniza. Es temprano y la temperatura no supera los dos grados sobre cero. Cuando llegue a cuatro grados partimos, digo, como para darme entusiasmo. El cielo esta cubierto por una nube gris y no muestra ningún síntoma de que vaya a cambiar. Teníamos el propósito de caminar hasta la Laguna de los tres para aproximarnos al Monte Fitz Roy. Los setecientos metros de desnivel que tendremos que ascender son –por ahora nuestra principal preocupación. Ya estamos parados frente al cartel que nos indica hacia donde vamos. Para sorpresa nuestra, muchos han partido ya.

Madre roca VII

El descenso de los cuatrocientos metros nos pone más rápido de lo que imaginamos de nuevo con los pies sobre la tierra. Emprendemos el regreso hacia El Chaltén. Allí nos espera una ducha caliente y una cerveza artesanal como para empezar a terminar la jornada. Más tarde, degustaremos –como para ponerle un broche de oro a la jornada- un porción de cordero en una suave salsa de menta rociado con un noble cabernet y a dormir, que aun nos queda otra jornada en la que intentaremos aproximarnos al Monte Fitz Roy y sus agujas periféricas.

Madre roca VII

Hace una hora que estamos caminando y todo hace pensar que esto puede durar un poco más. Me abrazo a un tronco, respiro fuerte, miro el cielo y como impulsado por la naturaleza, sigo adelante. Desaparecen los árboles y frente nuestro, hacia el oeste podemos apreciar al Glaciar huemules que se deja caer por la ladera del cerro. Ahora el terreno es plano pero mantiene la pendiente, damos unos pasos y ya tenemos frente a nosotros a una hermosa laguna que como un gran cráter conserva el agua que drena la masa glaciaria.


Mis pasos se aceleran y avanzo rápidamente hasta su orilla. Hay momentos que uno debe dejarse llevar. Suspender toda necesidad de juzgar o de intentar explicar lo que está sintiendo. Son esos momentos en los que las imágenes fluyen naturalmente acompañadas por el retumbar del corazón que con un ritmo exaltado y armonioso a la vez, nos sacan de –aunque sea por unos momentos- de la artificialidad en la que nos encontramos.

Madre roca VI

El sendero nos va permitiendo entrar en contacto con el bosque nativo de lengas. A la par de él corre un arroyo cristalino. No imaginamos aun desde donde proviene. A medida que subimos comenzamos a encontrar nieve que la tenue primavera no ha logrado disipar. Un aroma parecido a cuando uno termina de cortar su pasto impregna todo el ambiente. Mis pulmones comienzan a sentir un poco la presión de la altura. Hago una pausa y cuando giro para sentarme sobre un árbol caído, puedo contemplar –a mitad del trayecto- la majestuosidad del paisaje.

Madre roca V

Seguimos viaje bordeando el río de las vueltas. La idea es ir hasta la base del Glaciar Huemules. Llegamos hasta el acceso, en donde el propietario ha construido unas cabañas y hay una hostería sin terminar. Nos recibe Ramón. Se alegra de nuestra llegada. Soy de Corrientes Capital y hace dos meses que estoy por acá, a veces los días se me hacen largos y recién ahora está comenzando a venir gente, nos dice con cierta resignación y muy amablemente nos indica como ingresar al bosque por un sendero. Se queda apoyado en el alambre, contemplando el paisaje.

Madre roca IV

Es temprano. En la posada nos registran y decidimos aprovechar la mañana. Seguimos hacia el Lago del desierto. Nuestra primera parada es para apreciar el Chorrillo del salto. Un cascada que despliega toda su magia y encanto en medio del bosque. Subo por un sendero y me ubico a un costado. Se respira emoción. Una brisa me envuelve y va de a poco como transportándome a otra dimensión. Me dejo llevar por sensación. El sonido de las cascadas y el que hacen las olas del mar cuando se deslizan entre las piedras son los que mi oído registra como más placenteros, podría pasar horas en esta situación.

Madre roca III

Llegamos. Ya podemos divisar El Chaltén, refugiado entre las rocas, como una antesala al paraíso. El pueblo más joven de la provincia. Su nombre significa Montaña que humea en la lengua de los Tehuelches. Fue creado en 1985 como una forma de consolidar los derechos soberanos argentinos sobre estos territorios. Una vez más aparecen los conflictos con nuestros vecinos chilenos. Recuerdo que el gobierno construyó casas de montaña y las entregó a los que –voluntariamente- decidían afincarse en este lugar. Hoy es reconocida internacionalmente como la Capital Nacional del trekking. Y por eso estamos acá. Vamos a caminar un poco la montaña. A sumergirnos en el bosque nativo de lengas y ñires. A intentar aproximarnos a las nacientes de los ríos y a los glaciares que descuelgan placida y salvajemente de la las altas cumbres.

Madre roca II

Dejamos al zorro en paz y continuamos unos kilómetros más sobre la ruta cuarenta. Estamos felices por lo inesperado del encuentro. Es hora de girar hacia el oeste, bordeando la margen norte del Lago Viedma. Me vuelve a pasar. Siento la adrenalina en mi cuerpo. Su imagen irrumpe sobre la estepa como una muralla natural. Y siento, lo que seguramente a muchos patagónicos nos suele pasar en este momento. Madre roca... padre cielo, tu llanto descansa al pie de los ventisqueros... y cada estrella se posa en tu cima blanca, alumbrando el camino de los silencios, la letra de Hugo Giménez Agüero  vibra en mi interior como una plegaria. La ruta 23 se transforma en un poderoso imán que nos atrae hacia la montaña.

Madre roca I

Mientras transito por la cinta asfáltica, recuerdo el viejo camino de ripio que transformaban los doscientos cuarenta kilómetros que nos separan de El calafate, en un verdadero calvario. Hoy es posible hacer lo que se dice un paseo y no estar pendiente de quedarse sin tren delantero. A pocos minutos, nos sorprende un zorro colorado. Vuelvo a detener el auto y a diferencia de los guanacos que se alejan de uno, este permanece inmutable. Es más, me mira como con curiosidad. Va hacia el alambrado y luego gira y cruza al otro lado de la ruta. Muy amigable para la fama que tiene de depredador de ovejas y para lo cotizado que resulta su cuero. No debe haber galpón de esquila de las estancias que están producción, que no tenga un lugar para apilar las pieles a la espera de algún comprador que luego las entregue a la curtiembre.


Un video para disfrutar un poco mas del momento...

Madre roca

El viento de noviembre amenaza con derribar mis últimos vestigios de optimismo y yo que amo esa canción de Rubén Patagonia que dice que cuando sopla el viento trae fuerzas que se meten en mi alma y estallan en mi garganta, comienzo a sentir la incomodidad de tener que estar encerrado. A pocos kilómetros de acá, El Chalten puede ser una buena excusa para cambiar un poco el aire. Cargamos con mi esposa un par de mudas y partimos temprano como para aprovechar el día. Sobre la ruta cuarenta, un témpano, entrega sus últimos días al lago. Es inevitable parar y quedarse unos minutos contemplando la majestuosidad del paisaje.

Pico de plata


Llegó. Si, como todos años para esta época, ya está de nuevo dando vueltas por mi patio. Se destaca entre los gorriones. Me gusta esto de esperarlo. Su llegada es como un síntoma del comienzo de una nueva temporada. Es más, creo que habría que hacerle un festejo especial. Declarar la llegada del Pico de Plata, como la bajada de bandera para dar rienda suelta a todo lo que sea disfrutar de la naturaleza. Como muchas de las aves, el macho se destaca visualmente por vestir de alguna manera colores más llamativos. Cuando despliegas sus negras alas, deja ver debajo de ellas un blanco intenso que le da a su vuelo un tono casi circense. Cuanto ha tenido que trabajar la naturaleza, para en el proceso evolutivo dotarlo de todas estas virtudes estéticas, con el fin de que cumpla el noble objetivo de atraer a su lado un compañera y así prolongar la existencia de su especie.

Desarraigo IX

Emprendemos el regreso. Nunca tendremos raíz nunca tendremos hogar y sin embargo, ya ves, somos de acá... tarareo el tema de Charly, con cierta nostalgia, cuestionándome el valor de mi pertenencia a este espacio de tierra patagónica.


Es que seguramente este campo se venderá y la casa que hoy abriga en nosotros alguna esperanza de volver a tener vida permanente, permanecerá aun mas abandonada que hoy. Y Julián tendrá que buscar otro refugio que lo saque –aunque sea transitoriamente- de la intemperie social.

VIII

Terminamos de cenar, un costillar con paleta de un borrego con papas al horno que asamos en la cocina a la leña, cocina que a los pocos minutos de tirarle los primeros trozos de leña, como en esas películas de fantasía, fue gradualmente despertando a la casa del olvido a la que es sometida durante gran parte del año en la que permanece cerrada.



El casco de la estancia tiene casi un siglo de existencia y se mantiene firme, resistiendo, no solo a los temporales de viento, con sus ráfagas que los anemómetros no soportan medir cuando las ráfagas superan los 200 km. por hora o las nevadas que como la del 94 tapó todo hasta los techos, sino resistiendo sobre todo el paso del tiempo. A veces pienso que son lo único que en el sur fue concebido como permanente. Todo lo demás está impregnado por la cultura del campamento. Los campamentos que engendró el petróleo, el carbón, la minería, la pesca y el Estado que pobló de oficinas publicas y de destacamentos militares este territorio. Y pienso en como la tierra como parte fundamental del arraigo fue perdiendo valor frente al desamparo con luces que nos ofrece la ciudad.


Desarraigo VII

-Disculpe señor, le puedo pedir un favor? me dice uno de ellos que me ha visto llegar y hacer de guía de nuestro potencial comprador.


-Me podrá recomendar, dígale que yo no tengo problema en pasar otro invierno en este lugar.

Lo quedo mirando y no se que hacer. Ya le deben haber mentido tantas veces a este hombre acostumbrado a recorrer la cornisa de la exclusión, que no me animo yo a ser uno más.

-Mira Julián, no se aun si el hombre va a comprar el campo...

Mi respuesta era una verdad a medias. Por la forma en me miró Julián, seguro se entendió como una mentira.

Desarraigo VI

Trato de centrarme en lo que seguramente debería ser mi única preocupación, el vender el campo, cobrar la comisión y seguir desarrollando mi trabajo. Pero no, no puedo evadirme de los pensamientos que disparan realidades como la de los peones rurales, que siguen igual o peor que los que osaron organizarse y desafiar a la historia que aun hoy se niega a darles un lugar como seres humanos. Ya no son chilenos, ahora uno encuentra correntinos, formoseños y chaqueños. No traen a su familia, vienen solos a cambio de la comida, alojamiento y un sueldo de peón rural que giran al norte en donde seguramente debe ser más que bienvenido.

Desarraigo V

El campo soporta no mas de 500 vacunos y unos 2000 lanares, que no solo deben pasar el invierno, con el riesgo de quedar sepultados por una nevada, sino que deben sobrevivir al acoso permanente del puma y el zorro que lo tienen como bocado preferido y de los cuatreros que no dudan en faenar un vacuno para venderlo a mitad de precio en el pueblo. Será por eso que en mi recorrido por la ruta cuarenta de sur a norte, en un trayecto de de mas de 300 km, solo encuentro un campo con animales, el resto es desierto.

Desarraigo IV

Lo nunca imaginé es que iba a atender a un chileno, que con sus dólares, venia mas que a comprar a recuperar lo que -en su convicción personal- nunca tendría que haber sido argentino.

Un comentario mas y lo mando junto con el negocio al carajo, pensaba para mis adentro
¿Pero si no lo compra el chileno y viene un ingles a comprarlo, les vas decir que no también?
Cada vez hay más gente que levanta su voz en contra de la venta de campos a extranjeros  y paradójicamente cada vez hay más campos para vender. Estamos en mayo y si bien nos tocó un día de sol, los diez grados bajo cero impactan plenamente en nuestra humanidad. Agradecemos que no hay viento porque sino la térmica rondaría los veinte bajo cero.

Desarraigo III

Todo transcurrió entre bromas, que fue la forma más práctica de amortiguar los excesos verbales de nuestro cliente. Bromas, que son la forma mas diplomática que encontramos por estos lados para dirimir las cuestiones de nacionalidad sin alterar nuestra convivencia, mas si tenemos en cuenta que -todos de alguna manera- fuimos paridos por el desarraigo de nuestros padres, que vinieron al sur solo a trabajar y que hasta el conflicto del Beagle éramos un poco extranjeros en este remoto lugar.
Me acuerdo en este momento, lo incompresible que nos resultó en el setenta y ocho las razias que hacían los militares buscando chilenos en nuestro barrio y como a pesar de los esfuerzos por ofrecerles algún resguardo en uno de esos operativos se llevaron a nuestro amigo "poroto" que con sus 16 años no pudo evadir el control y terminó deportado al vecino país. Lo que es innegable, es que los chilenos son junto a tantos inmigrantes una parte importante de la historia de la patagonia. La mayoría de los fusilados en las Huelgas del veinte y que permanecen sepultados en las tumbas colectivas eran trabajadores chilenos.


Desarraigo II

Desde que renuncié a mi cargo en el gobierno, todo se me había hecho más difícil. Tal vez por eso de que los amigos que uno hace estando en un cargo te duran -con suerte- lo que duras en el cargo y en cambio los enemigos que cosechas, te duran toda tu vida. Pero estaba decidido a incursionar nuevamente en la venta de campos, rubro este que mostraba mucho potencial a desarrollar y efectivamente, a los pocos meses recibí la consulta de un operador que me preguntaba por este campo, que unos amigos me acercaron para que lo ofreciera en venta.

Es común atender por estos lados inquietudes de americanos, franceses, italianos y españoles que se interesan por los bajos valores que tienen los campos en patagonia, comparados con la pampa húmeda y que sueñan con hacerse de veinte mil  hectáreas de tierra patagónica sacrificando una parte mínima de sus ahorros. Pero esta era la primera vez que atendía a un comprador de nacionalidad chilena, que encima no disimulaba para nada sus diferencias a la hora de cuestionar la soberanía argentina sobre estos territorios.


Desarraigo

La culpa de que la patagonia no sea chilena la tiene Darwin, dijo nuestro circunstancial huésped como desafiando a todos los presentes, porque cuando recorrió estos territorios escribió que esto era un desierto y nada dijo y seguramente nada sabia de que -abajo del desierto, a pocos metros- había petróleo, gas, oro, plata y cuanta riqueza uno pueda imaginar.Todos reímos, no digo festejamos, pero un poco disfrutamos el comentario en tono de protesta que nuestro visitante de nacionalidad chilena realizaba, en su búsqueda de algo que justificara el porque hoy, él tenia que venir y pagar unos cuantos miles de dólares para comprarse un campo de veinte mil hectáreas en la patagonia.

La jornada había sido larga, muy tempranos salimos desde Gobernador Gregores, en un camioneta 4x4, decididos a mostrar las bondades de un campo que teníamos en venta y que si todo iba bien, compraría "nuestro amigo chileno" asociado con un renombrado escribano porteño.